Juventud, divino tesoro
“Juventud, divino tesoro” es una afirmación que parece gozar de unanimidad. Y no es para menos: nada resulta comparable al patrimonio del tiempo que cada cual carga en su morral de viaje. Sin embargo, da la impresión de que este tesoro rara vez se sitúa entre los más valorados, salvo en la última etapa de la vida, cuando la conciencia de su pérdida se vuelve nítida e irreversible.
Pero esta percepción no ha sido siempre la misma. La valoración del tiempo y de la juventud ha ido variando y asentándose de manera distinta a lo largo de las etapas históricas y vitales. Hubo épocas en las que los jóvenes eran plenamente conscientes de que el tiempo era un recurso imprescindible para construir el futuro. Entonces, la mera antigüedad no bastaba para escalar posiciones en la sociedad: era necesario formarse, adquirir conocimientos, estudiar y prepararse. Aquella actitud solía ir acompañada de estímulos e incentivos que, en muchos casos, activaban la laboriosidad y el mérito.
Hoy, en cambio, parece que todo esto se encuentra algo descuidado. Jóvenes y mayores han sido arrinconados, como si se tratara de objetos inservibles, sin que quede del todo claro con qué propósito. Unos son relegados como símbolos de un pasado incómodo; otros, tratados como piezas fácilmente manipulables. Poco se reflexiona sobre el hecho de que la antigüedad y los cargos solo acreditan más años de servicio, una mejor red de relaciones o la pertenencia a determinados grupos de poder, pero no necesariamente mayor aptitud.
En ese vacío de referentes, a muchos jóvenes se les ha ido conduciendo hacia una idea reducida de la vida, donde la evasión inmediata (el alcohol, la imagen repetida de la macrofiesta, el ruido sin sentido) parece ocupar todo el horizonte posible. Como si la juventud solo pudiera expresarse en el exceso y no en la creación; como si pensar, aprender, construir o admirar fuesen actividades ajenas a su edad.
No obstante, comienzan a aparecer síntomas de cambio. Cada vez más jóvenes cortan las cuerdas que los mantenían sujetos a inercias inducidas y se distancian del tutelaje de quienes, a toda costa, desean perpetuarse. Empiezan a vislumbrarse esos espíritus grandes: quizá estén ya entre nosotros. Tal vez sean quienes te desean los buenos días al cruzarse contigo, quienes sostienen la puerta, quienes caminan unos pasos más hasta la papelera. O quizá sean quienes valoran lo escrito, conocen y comentan el texto ajeno, mientras que las mentes empeñadas en el reconocimiento constante, en borrar la estela de otros para pasar a la historia como grandes, o más preocupadas por ser vistas que por transformar, no alcanzan a percibirlos.
A esas mentes del tamaño de la abertura del ojo de una aguja, acumuladoras de imágenes, convendría recordarles lo que decía un escritor: vuela más un águila de dos meses que un mochuelo de treinta años. La historia ofrece innumerables ejemplos. Alejandro Magno se puso al frente de sus tropas a los veinte años y antes de los treinta había conquistado medio mundo. Julio César, entre los dieciséis y los dieciocho, ya mandaba ejércitos romanos. Aníbal asumió el mando a los veintiséis y hizo temblar a Roma. Escipión el Africano conquistó Hispania a los veinticuatro. Pompeyo mandó a los veintitrés. Don Juan de Austria dirigió la batalla de Lepanto con veintiocho. El Gran Condé derrotó en Rocroi a un ejército dirigido por hombres con más edad y experiencia que él. El príncipe Eugenio, siendo aún joven, eclipsó a las lunas turcas. Todos ellos mandaban a miles de oficiales más antiguos y experimentados, pero estaban hechos de otro material.
Y los ejemplos podrían multiplicarse en la música, las artes, la empresa o el deporte. Porque la experiencia, cuando recae sobre un buen recipiente, se convierte en materia para una obra maestra y perfecciona al ser humano. Pero cuando no es así, solo sirve para engendrar una presunción vacía y para dar barniz a decisiones erradas disfrazadas de rapidez. La memoria se aumenta estudiando, pero el entendimiento no siempre se ensancha.
Todos los pulimentos del mundo no son capaces de extraer jamás una piedra preciosa de donde no la hay. En cambio, el diamante revela sus fondos y sus brillos al primer roce, porque ya lleva dentro lo uno y lo otro. Eso es muy cierto; pero yo prefiero ser —y tener a mi lado— esa piedra rústica que soporta el peso, o el sillar que hace de clave en el arco final y permite elevar un magnífico edificio, antes que convertirme en adorno inútil e inservible.

¡Acertada y preciosa reflexión! Gracias Santi.
ResponderEliminarGracias, me alegro que te guste.
EliminarQué bonita reflexión. Hay que ser, pero si no eres, también es importante ser el que ayuda al que es.
ResponderEliminarGracias Carmen, es muy acertada tu interpretación.
ResponderEliminarEstas sentencias son atribuidas a Carlo Magno y a su preceptor , Aristoteles , respectivamente : " le debo a mi padre el vivir , pero a Aristoteles el saber vivir " y " ni siquiera los dioses respetan a quien no se controla " . Datos de estos últimos dias informan que las ventas de bebidas espirituosas se ha estancado , y los almacenes de los grandes distribuidores mundiales guardan miles de litros que no se venden al ritmo de hace un año . Espero que la juventud tenga que ver con esa bajada de la demanda . El talento brota en cualquier lugar . El sabio griego mencionado al principio le reprochaba a su alumno la ambición que mostraba , las ganas de conquistar el mundo ... no hizo caso del consejo . Todos sabemos hasta donde llegaron sus conquistas y sus años , no cumplió los 40 . Bien aprendió, y mejor aplicó , las enseñanzas recibidas del estagirita y demás profesores . Este articulo espero sea leido por jóvenes y por no tan jovenes , que tanto unos como otros podremos sacar mucho provecho . Gracias por esta nueva entrega . Con un virtusaludo , quedo a la espera de la proxima .
ResponderEliminarJuventud, divino tesoro .
ResponderEliminar¡ Ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro
Y a veces lloro sin querer.
Rubén Darío.
Muy buen artículo Santi, pero discrepo en algunas cosas. Quizás por eso me gusta leerte y seguir tus trabajos, me haces pensar y tener un debate conmigo mismo. Enhorabuena!!
Sigue así, que seguro te llegará el reconocimiento de todos ( incluso de los otros).
Un abrazo