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Una palabra que no significa, sino que es

 

Una palabra que no significa, sino que es




De forma habitual paseo por el Sendero Litoral de Estepona. Ese camino me proporciona sosiego e inspiración. El contacto con el mar y la naturaleza, mezclado con la presencia del urbanismo, forma una simbiosis extraña pero armoniosa que invita a pensar.

En este contexto, hace unos días regresé —sin mover un solo paso— a un lugar lejano que me arropa en el recuerdo. Un lugar tan íntimo que, cuando intento dejarlo por escrito, las palabras se me escapan. Precisamente estaba lidiando con esa falta de palabras cuando surgió la idea.

¿Por qué no existe una palabra capaz de portar un sentimiento, como si fuera un cromosoma? Una palabra que no describa la emoción, sino que la contenga, la transporte y la despierte en quien la pronuncie o la escuche.

A partir de ese instante mis pasos se volvieron más sigilosos; el murmullo de las pequeñas olas pareció suavizarse, y las pausas del camino se volvieron lentas, meditativas. Mientras avanzaba, comencé a ordenar ideas, una y otra vez desde el punto de partida. Mi mente, casi como si quisiera ayudarme, iba aportando recursos, ejemplos y asociaciones procedentes de mi vida, mi profesión y mi formación. Todo señalaba que estaba transitando un buen camino.

Cuando el lenguaje se queda corto

A todos nos ocurre alguna vez: sentimos algo tan profundo, tan íntimo, tan cargado de matices, que ninguna palabra parece capaz de contenerlo. Las palabras describen, narran, explican… pero rara vez transmiten la emoción misma.
Podemos decir tristeza, nostalgia, dolor, pero esas palabras solo apuntan, no transportan.

Y sin embargo, la emoción existe dentro de nosotros, viva, completa, presente. ¿Por qué el lenguaje no puede traerla consigo? ¿Por qué tiene que limitarse a señalarla?

Fue en ese pensamiento donde mi mente se detuvo:
¿y si una palabra pudiera llevar el sentimiento dentro de sí?

No una palabra que signifique llorar, sino una palabra que haga llorar.
No una palabra que describa la tristeza, sino una palabra que cause tristeza.

La idea no es tan descabellada como parece

Había algo en este planteamiento que, lejos de sonar fantasioso, empezaba a tener una lógica profunda. El propio lenguaje no es tan rígido como creemos. Y si miramos más allá del lenguaje —a la música, a los mantras, incluso a sistemas artificiales como el código Morse— encontramos pistas sorprendentes.

El caso del Morse: de símbolos a música

Cuando se aprende código Morse, al principio se escuchan puntos y rayas. La mente trabaja de forma torpe, analítica:
«. – … – –», «punto, raya, punto, punto».

Pero con la práctica ocurre algo sorprendente: la mente deja de escuchar puntos y rayas, y empieza a escuchar música. El patrón deja de ser un código y se convierte en una forma.
El cerebro salta de lo racional a lo sensorial.

Ese salto es clave:
Si un sistema tan artificial como el Morse puede transformarse en música en nuestra mente, ¿por qué no podría una palabra transformarse en emoción?

El ejemplo de los monjes: el poder del sonido

Los monjes tibetanos llevan siglos utilizando sonidos prolongados, guturales, vibrantes, para inducir estados de calma, concentración o trance.
Esos sonidos no describen emociones: las generan.

No se trata de significado, sino de vibración, resonancia, ritmo, respiración.

Un simple sonido como om puede cambiar el estado interno de quien lo pronuncia o escucha. Ese fenómeno nos demuestra que el sonido en sí mismo puede actuar sobre nuestras emociones sin pasar por el significado lingüístico.

La música: el lenguaje emocional puro

No hace falta teorizar mucho: cualquiera reconoce que una melodía puede provocar tristeza profunda sin una sola palabra. La música es un lenguaje universal que actúa directamente sobre nuestras emociones.

Podemos llorar, estremecernos o sentir nostalgia solo con escuchar una secuencia de notas.

Si la música puede hacerlo…
Si un mantra puede hacerlo…
Si incluso un código como el Morse puede convertirse en algo más profundo…

Entonces no es descabellado pensar que una palabra —diseñada con intención acústica y emocional— pueda llegar a hacer lo mismo.

Una palabra que no significa, sino que es

A partir de ahí surgió el concepto:
imaginar una palabra estructurada no para comunicar un significado, sino una emoción.

Una palabra cuya función no sea semántica, sino sensorial-emocional.

Una estructura simple, casi primitiva, que se construya como un acorde emocional:

  • Inicio → una consonante suave y vibrante, como m

  • Expresión emocional → una vocal larga y abierta, como aah

  • Liberación / descanso → una consonante leve que se desvanece, como h

La palabra conceptual explorada es:

m—aaah—h

No significa “tristeza”.
No significa “llorar”.
No describe nada.

Su propósito sería producir esa emoción, igual que un suspiro profundo o una nota musical en tono menor.

No es una palabra del diccionario: es una palabra-sensación.

¿Y si el lenguaje pudiera ampliarse?

Lo más interesante es que esta idea no pretende destruir ni alterar el lenguaje que conocemos. No viene a reemplazar nada.
Solo propone ampliar los recursos expresivos del ser humano.

Así como la poesía y la música expanden los límites del lenguaje, una palabra emocional no rompería las reglas del idioma: simplemente añadiría una nueva capa, una vía directa entre sonido y emoción.

Un puente entre la mente y el corazón.

¿Se ha tratado antes esta idea?

En un repaso que hice para refrescar mis referencias, comprobé que existen campos que se acercan a esta intuición:

  • el simbolismo sonoro,

  • la fonestesia,

  • los mantras,

  • la psicología del sonido,

  • la música emocional,

  • la neurociencia del lenguaje.

Pero en ninguno aparece exactamente esta idea:
una palabra diseñada para transportar un sentimiento, como si llevara información emocional incrustada, igual que un cromosoma lleva información genética.

Ese paralelismo —biológico, lingüístico y emocional— es profundamente original.

Conclusión: una idea sencilla, pero poderosa

No sé si algún día existirá una palabra que, al pronunciarla, produzca tristeza, calma, paz o nostalgia. Pero imaginarla ya es un ejercicio de expansión, una manera de explorar los límites entre sonido, emoción y lenguaje. Quien sabe, quizá algún día encontremos un medio de exteriorizar un grito desgarrador —el que a veces surge en lugares que guardan recuerdos profundos— en una palabra dulce y simple. Y, como ocurre al caminar junto al mar, basta con dejar que la idea resuene un poco para descubrir que la frontera entre lo que sentimos y lo que podemos expresar no es tan rígida como creemos.  

Santiago Chippirraz Rodicio

08/12/2025

Comentarios

  1. creo que esto es de otra dimensión. ¡¡Buenísimo.!!

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  2. Dios mio Santi, me maravilla la capacidad que tienes , en serio, me resulta increible la profundidad de tu mente para alcanzar esas emociones y conseguir emocionar a quien tiene el privilegio de conocerte. Mahhhh

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    Respuestas
    1. Muchas gracias. Tus palabras me emocionan de verdad. Me alegra que lo que escribo llegue así, tan hondo, y que puedas sentirlo conmigo. Es un privilegio compartir estas emociones y ver cómo resuenan en quienes me leéis. Gracias de corazón.

      Eliminar
  3. Carmen Lavado: Es fantástico lo que acabo de leer, y muy buena la idea. Creo que con el tiempo se conseguirá ,que exista esa palabra que arrope todos esos sentimientos. Yo por ahora, me quedo con MUSICA. Eso me despierta toda clase de sentimientos, llanto, risa..,..Pero también es muy importante lo que otra persona te pueda decir, cómo te la dice, como se expresa al contármelo o al leer su historia, lo que siente en esos momentos, como lo describe.....ahora mismo no he necesitado esa futura palabra,.me ha llegado y ha despertado sentimientos en mi. Te estoy leyendo.

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  4. Una idea de largo alcance. ¡Enhorabuena!

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