Piedras, muros y comunidades: una reflexión sobre construir y pertenecer
Desde hace unos días me ronda una idea que, curiosamente, volvió a mí a través de un mensaje que encontré por casualidad en la página de una sobrina. Decía así:
“Para quienes alguna vez dudan de sí mismos porque cuidan, protegen y están presentes sin recibir lo mismo a cambio: las personas no devuelven lo que mereces, devuelven lo que son.”
La frase me golpeó porque refleja fielmente algo que he vivido, especialmente durante un periodo anterior a 2025.
Organicé mis acciones con la intención de que sirvieran al bien común. Me movía el deseo de construir: colocar una buena piedra, un ladrillo firme, útil, capaz de formar parte de algo bello y duradero, que con el tiempo pudiera convertirse en una edificación admirada. Ese era siempre el horizonte: aportar, sumar, imaginar estructuras que sostuvieran un futuro compartido.
La realidad que encontré en mi antiguo lugar de residencia fue, sin embargo, muy distinta a esa visión. Lo predominante no eran los cimientos sólidos ni la voluntad de levantar espacios comunes, sino una tendencia persistente a edificar sin propósito colectivo, sin contexto, y muy a menudo con la finalidad de separar o de servirse a uno mismo. Pequeños y grandes muros que fragmentaban aún más a una comunidad ya de por sí dividida y con un horizonte difuso.
Durante años me pregunté cómo era posible que pueblos situados a escasos kilómetros respondieran de forma tan diferente a una misma intención. En uno, poner una piedra era motivo de celebración; en otro, de crítica, sospecha o indiferencia. No hablo de matices, que siempre existen, sino de una disparidad profunda, casi opuesta.
Con el tiempo comprendí que no todas las comunidades comparten el mismo clima emocional. Algunas crecen desde la cooperación; otras sobreviven ancladas en la repetición y el miedo. Hay lugares donde lo nuevo se acoge como oportunidad, y otros donde se percibe como amenaza o como una ocasión para afirmarse, incluso a costa de desvirtuar lo que lo originó.
La dependencia del grupo tiene un papel importante en ello. En ciertos entornos, sentirse parte exige mantener el molde intacto: no destacar, no proponer demasiado, no actuar con criterio propio. Se confunde cohesión con conformismo, y seguridad con estancamiento. En ese marco, quien intenta aportar desde la autonomía suele despertar recelo. No necesariamente porque haga algo mal, sino porque altera una dinámica interna que se sostiene precisamente en no cambiar.
Viví ese choque en primera persona. Intenté construir donde otros preferían conservar paredes antiguas sin cuestionarlas. Ofrecí una piedra pensada para sumar en un espacio demasiado acostumbrado a levantar muros. Algunas personas lo entendieron; otras, ni siquiera llegaron a considerarlo como una posible aportación. Eso se manifestó en comentarios indirectos, en gestos de baja intensidad, en silencios prolongados y en palabras desplazadas hacia los márgenes del diálogo.
En determinados contextos, incluso en espacios que se presentan como culturales, he observado cómo el intercambio se sustituye por la insinuación, y la conversación abierta por formas sutiles de distanciamiento. Se instala así una ignorancia cómoda, aceptada, que evita enfrentarse al cambio; que reemplaza la meta por el obstáculo, solo para impedir la llegada.
De esa experiencia extraje un aprendizaje valioso: lo que aportas no define la respuesta que recibes; define quién eres. La reacción del otro habla de su recorrido, de sus miedos y de los límites de su mundo, no del valor intrínseco de lo que ofreces.
Hoy escribo esto con serenidad, no para acusar ni señalar, ni con pretensiones de juicio. Aunque la memoria no borra determinadas actuaciones que la historia termina registrando, el impulso de estas líneas no es el reproche (además sería injusto), porque no siempre esta comunidad se comportó así; muy al contrario.
Escribo como quien levanta un espejo: para comprender, para recordar y para que, quizá en algún momento futuro, esta reflexión pueda acompañar a alguien que transite una experiencia similar.
Porque, al final, construir sigue siendo el camino. Aunque haya lugares donde tu piedra no encaje, siempre habrá otros donde se convierta en parte de algo más grande. Y lo fundamental es no renunciar a la forma en la que uno sabe, y elige, construir.

Estoy muy de acuerdo, siento vergüenza. Muchas gracias por tu dedicación.
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