La plaza de la fuente
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En el plano no tiene nombre. Es solo un hueco de setenta y cuatro metros de perímetro entre las calles Pablo Picasso, Herrería y Vega Maldonado; un lugar de paso hacia la plaza principal, tan cercana que le roba la atención. Pero los mayores todavía lo recuerdan: la plaza de la fuente. Así se llamaba porque en su centro había una fuente que daba agua. Hace más de veinte años que no mana nada, pero el nombre sigue viviendo en la memoria de quienes la vieron cumplir su función.
Hoy la fuente es un monolito seco, digno de ser admirado por su belleza. Tres de sus caras conservan las señales del grifo y una aún lo mantiene, quizá recordando la promesa de algo que ya no ocurre. No brota agua, pero permanece, como si se negara a desaparecer del todo. Su forma atrae la mirada de quien llega por primera vez, aunque es difícil no advertir las bases intactas donde se apoyaban los cántaros mientras el chorro, al caer, dejaba escapar una melodía.
A su alrededor, tres de los cuatro bancos de madera miran sin prisa. Papeleras y dos farolas completan la ornamentación. Todo está dispuesto para sentarse y dejar que los sentidos se impregnen de ese inconfundible olor a verde. En esa quietud casi coreografiada, los gorriones acuden y recorren los alrededores de la fuente y los pasillos de la placita.
Me senté en uno de los bancos, porque sentí el deseo de acompañar esa soledad, esa indiferencia urbanística y, sin embargo, su gran atractivo e historia. Estaba junto a lo que podría parecer nada, y, sin embargo, era todo lo que necesitaba mirar.
Los setos están verdes y cuidados, como si alguien hubiera decidido que el olvido no debía ser abandono. Forman cuatro cuadrados, uno de ellos con una esquina redondeada. Una gran palmera y una preciosa buganvilla roja adornan uno; otros presumen de cipreses y distintas arboledas.
El suelo es de losetas rústicas rojas, salpicadas con orden por pequeñas piezas azules. Un detalle mínimo, casi infantil, que la convierte en una monería discreta. Nada espectacular. Nada urgente. Por eso quizá nadie se detiene.
La gente pasa de largo, camino de la plaza grande, sin saber que pisa un lugar con nombre propio, un nombre que ya no figura en los papeles. Solo si preguntas a quienes han vivido más tiempo te lo dirán, como se dicen las cosas importantes que ya no sirven para nada práctico: en voz baja y con una sonrisa.
Tal vez una plaza existe mientras alguien recuerda por qué se llama como se llama. Y cuando el agua deja de salir, lo último que se seca no es la fuente, sino la memoria.
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Ohhh que bonito lo haces todo !!!!Haces poesía con tus palabras y nadie mejor que tú observa con cariño lugares que no forman parte de tu memoria y sin embargo tienen un lugar en tu corazón
ResponderEliminarSiento una gran satisfacción al recibir un elogio tan bonito, y más viniendo de una persona barreña que conoce bien el entorno. Demuestras una gran agilidad mental, porque aciertas plenamente. Sustituyo esa parte del pasado que no poseo de aquel lugar con la observación: no solo mirar con los ojos, sino con todos los sentidos, incluido el corazón. Muchas gracias por tu comentario.
EliminarPreciosa narración. Gracias Santi.
ResponderEliminarGracias a ti por leer.
EliminarTus letras son como pequeñas olas del mar. Aún recuerdo la descripción que hiciste de la Plaza Fariñas, un gran artículo en medio de la nada. Enhorabuena.
ResponderEliminarBuena memoria. Sí, trabajé bastante la parte descriptiva, aquello que pudiera traspasar los límites del futuro, y que no llegaría de ninguna otra forma. Sin embargo, entre ambas ha existido una diferencia notable: la actual ha recibido más de 50 visitas y unos comentarios sobresalientes; mientras que la Plaza Fariñas no llegó a 10.
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