Un día, un pueblo, una mirada
| Tomada por el autor del artículo |
Cae la tarde y el sol camina aprisa hacia su refugio, como si tuviera prisa por esconder los últimos destellos. Los alrededores de los campos de fútbol, donde por fin se ha celebrado el encuentro retrasado por la lluvia, empiezan a dispersarse. Ha sido un buen día: Javier, mi nieto, ha jugado bien y su gol luce en mi memoria como si llevara su propia luz.
Camino hacia casa con las manos en los bolsillos; hace algo de fresco, y esa postura me recoge, me da un espacio íntimo para pensar. Entonces recuerdo una noticia sobre una exposición de pintura. Así, en un giro suave, casi como los requiebros que los niños ensayaban en el campo, pero más pausado, mis pasos se desvían hacia la Casa de la Cultura.
Ese edificio siempre me ha gustado. Tiene un encanto discreto, como esas personas que no llaman la atención pero cuya presencia te reconforta. Los talleres de pintura, música y bordado laten dentro, y los patios, llenos de macetas, parecen guardar un pequeño jardín interior. Una puerta abierta, aunque sumergida en penumbra, me invita a entrar; y, al encender la luz, la sala se ilumina como si despertara de un sueño colorido.
Camino despacio. La bóveda alta, el techo hermoso y la disposición de las obras crean un ambiente casi sagrado. En un extremo, un rótulo anuncia la muestra: Pintura: el entusiasmo pictórico de la provincia de Cádiz. Los Barrios. Los logos de las instituciones completan la escena, pero lo que domina es el color: óleos grandes, objetos cotidianos transformados por la mirada del artista, botellas que cuentan historias con sus reflejos, alimentos tan bien representados que casi despiertan el apetito. Paso un buen rato allí, detenido en medio de ese silencio que solo existe cuando el arte está hablando.
Al salir, en lugar de tomar el camino habitual, decido algo distinto: quiero bajar por la calle de la Plata. Me detengo en el sobrio Pósito y lo contemplo durante unos minutos, con la mirada de la historia. Continúo y la fachada del Ayuntamiento, con su piedra arenisca y labrados, me saluda como lo hace con todo visitante, como si fuera el centinela de la bonita plaza que custodia la majestuosa e histórica iglesia de San Isidro Labrador, con su elevada torre de la misma piedra, y la Casa Urrutia, que dicen de aquel tiempo.
Nuestro destino queda a la izquierda de la citada casa, escenario de multitud de exposiciones y actividades. A poca distancia, me detengo ante una llamativa y ordenada zapatería que casi marca su inicio. Es mediana, bella y tiene algo de faro humilde que sigue encendido aunque las aguas se hayan vuelto tranquilas.
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Comienzo el descenso con pasos lentos, como si cada uno fuera despertando algo dormido. La calle de la Plata me recibe con ese silencio que no es abandono, sino una respiración contenida. Quizá por haber llegado hace poco aún tengo la capacidad de sorprenderme; los que han vivido aquí toda la vida, tal vez sin quererlo, han dejado de ver los detalles, como si la monotonía del día a día hubiera borrado el brillo de las cosas.
Y, sin embargo, si uno se detiene, la calle aún respira. Se huele la pastelería antes de verla, con ese perfume dulce que siempre encuentra salida. Se escucha el sonido breve de una taza al posarse en una mesa. Se siente la invitación a penetrar en las variadas tiendas que acompañan el descenso. Desde alguna puerta entreabierta se escapa una conversación suave. Una luz tenue, un saludo rápido, una persiana que se abre o se cierra: todo forma un latido discreto, pero presente.
Las grandes superficies están bien: tienen luz, espacio, variedad. Pero allí, entre pasillos uniformes, falta algo que aquí sobra. Falta alma. Falta historia. Falta la huella de quienes pasaron antes que nosotros. Por eso es bueno no olvidar esos pequeños negocios que nos acompañan, y desear que las luces que estos días comienzan a iluminar nuestras calles también lleguen hasta ellos.
Aquí, en esta calle, en este pueblo, cada fachada tiene memoria. Cada piedra de la iglesia —esa joya silenciosa que se alza— guarda una historia. Las exposiciones, los talleres, los pequeños comercios, las placitas… todo forma parte de un tejido que no deberíamos dejar dormir.
La torre de la antigua iglesia, con su presencia firme, acompaña el trayecto como una madre paciente que ha visto pasar generaciones enteras. Dentro o bajo su sombra se celebran exposiciones que no deberían pasar desapercibidas. La cultura aquí no es un adorno: es la raíz que sostiene la identidad del pueblo.
Sigo bajando y la calle se abre a la placita de abajo, hermosa y serena. Con su bello templete, testigo de reuniones diarias, de conversaciones interminables y de niños correteando. Allí el aire se ensancha, la luz parece más amable y uno siente que, si el pueblo se detuviera a mirar, podría renacer algo grande: la conciencia de lo propio, el orgullo de lo cercano, la alegría de un paseo hecho sin prisas.
Tal vez todo empiece por esto: por contar lo que vemos, por invitar a recorrer, por recordar que este pueblo guarda tesoros que no siempre se aprecian. Ojalá estas palabras sirvan como un pequeño espejo, un recordatorio suave para quienes, sin quererlo, han dejado de mirar.
Porque, a veces, basta volver a recorrer la calle de la Plata, subir a la Casa de la Cultura, asistir a un acto en el Pósito, entrar en la antigua iglesia, contemplar una exposición en la Casa Urrutia y, luego, dejarse llevar de regreso, descendiendo plácidamente mientras la calle nos habla, hasta sentarse en la placita... para que el pueblo vuelva a sentirse vivo. Y para que nosotros volvamos a sentirnos parte de él.
| Casa de la Cultura. Exposición de pintura |
Leerte ha sido como si uno mismo recorriera esas calles
ResponderEliminarMaricarmen Lavado: Es verdad, leer algo tuyo, de la forma que lo describes es ,como si te acompañásemos en ese paseo qué estás dando. Es increíble, pero es cierto.
ResponderEliminarResido a varias decenas de kilómetros, pero esta tarde he visitado Los Barrios. Prometo hacer ese recorrido en una visita. Estupendo relato.
ResponderEliminarPaso un buen rato allí, detenido en medio de ese silencio que solo existe cuando el arte está hablando.
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Todo el artículo es muy bueno, pero ése párrafo se sale de lo normal.¡ Es maravilloso!.
Enhorabuena Santi.
Muchas gracias, amigo Pepe. Sí, es bueno y verdad. Cuando vas a una exposición y en la sala no hay otras personas, las obras que observas te hablan: cada trazo es una palabra y sentimiento del autor. Pero para escucharlas, tiene que reinar el más absoluto silencio.
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