La satisfacción del deber cumplido
En estos días, mientras pensaba en temas veraniegos como la playa, el descanso o la desconexión, me vino a la mente una reflexión un tanto inesperada, pero que creo que merece su espacio, siempre que se aborde con el cuidado y la delicadeza que requiere.
Vivimos rodeados de profesionales cuya labor es esencial para el funcionamiento de la sociedad. Pensemos, por ejemplo, en los cirujanos: personas que a menudo trabajan en condiciones extremas, en jornadas maratonianas, con la vida humana literalmente entre sus manos. Intervienen durante horas, a veces regresan al quirófano una y otra vez, luchando contra el agotamiento y la presión emocional. Y sin embargo, rara vez los vemos en redes sociales anunciando sus proezas con frases como: “Hoy he salvado dos vidas” o “Acabo de terminar una operación de ocho horas”.
Sucede lo mismo con los arquitectos que diseñan edificios destinados a albergar vidas durante generaciones. Recuerdo, en este contexto, un paseo por el centro de Ceuta con mi primo Santiago, que era albañil. Señaló un edificio grande y bonito y me dijo, con la humildad de quien ha trabajado con las manos: “Ese lo construí yo, junto con el pinche...” cuyo nombre, lamento, no recuerdo. También podríamos hablar de panaderos que madrugan para que el pan esté en nuestras mesas, de agricultores que hacen posible que haya alimentos en los mercados, de pescadores que salen al mar mientras otros aún duermen, o de maestros y profesores que cada día enseñan a alumnos que, muchas veces, no desean estar ni aprender.
Esta lista podría extenderse a cientos o miles de personas e instituciones: pensemos, por ejemplo, en nuestros militares, destinados a cientos o miles de kilómetros, a veces en condiciones deplorables respecto a otros ejércitos. Y, aun así, ahí están: sin anuncios, sin publicidad, y muchas veces hasta sin recuerdos a los que ofrecieron sus vidas. Trabajos callados, indispensables, y sin embargo ejercidos sin alarde ni proclama.
Y sin embargo —y esta es la observación que me inquieta— hay un sector en el que parece haberse vuelto norma anunciar, celebrar y, en ocasiones, exagerar cada paso que se da: el de la política. No me refiero a los grandes titulares institucionales, que son parte natural de la rendición de cuentas, sino a esa tendencia creciente en muchos alcaldes y concejales de convertir cada actuación municipal, por cotidiana que sea, en un acto de autocelebración pública.
Parece haberse impuesto la necesidad de decir que se hace, más que la de hacer. Las redes sociales y los altavoces mediáticos se llenan de mensajes como: “Hoy hemos arreglado un bache”, “Esta semana se ha pintado un paso de cebra”, “Estamos muy orgullosos de haber colocado tres farolas”. Como si ejercer con normalidad la responsabilidad encomendada mereciera una ovación diaria.
Por supuesto, la comunicación institucional es legítima y necesaria. La ciudadanía debe saber qué se está haciendo con sus recursos, tanto los que aporta directamente como los que llegan por otras vías. Pero una cosa es informar con claridad, y otra muy distinta es convertir la política en una pasarela de aplausos mutuos.
Es cierto que el juego político, a veces, permite atraer mayores recursos, mientras que otros momentos son menos propicios. Este factor es fundamental para que una corporación pueda desarrollar sus proyectos. De lo contrario, difícilmente podrían salir adelante. De ahí que, a la hora de enjuiciar mandatos municipales, el conocimiento del contexto sea esencial. Quiero pensar que la mayoría de quienes nos representan desean lo mejor para los lugares donde residen.
También es verdad que puede darse el caso de grupos sin experiencia de gestión, con objetivos poco definidos o alejados de las necesidades reales. Incluso puede ocurrir que, bajo la apariencia de progreso, se facilite una involución. Porque, como se dice popularmente, una maceta no puede dar un buen árbol.
Sin embargo, no pretendo adentrarme en ese camino. Aunque sí me preocupa el tono de ciertas manifestaciones que circulan en redes sociales, donde, amparados por el ruido de los corderos, algunos se permiten ofender —incluso sugerir a una señora que abandone su ciudad— sin más fundamento que la ignorancia y la arrogancia.
El mundo que nos rodea es tan rico en acontecimientos, en historia, en letras, en ciencias, en humanidades... que pienso que no merece la pena forzar, posar o exhibirse para caer en gracia. A menos que esa conducta sea una práctica habitual compartida con el resto de la comunidad.
Quizá sea buen momento para volver a valorar el ejemplo silencioso de tantos trabajadores que, día tras día, cumplen con su labor con dignidad y compromiso, sin necesidad de hacerlo saber a cada momento.
Porque a veces, lo verdaderamente admirable es, simplemente, la satisfacción del deber cumplido.
.

Brillante, Chipi
ResponderEliminarGracias.
EliminarParece que lo que se dice es bastante real.
ResponderEliminarEspaña, siempre ha tenido y sigue teniendo, mujeres y hombres de gran valía en todas las profesiones. Ciencias, Medicina, Investigación Científica, Literatura, Arquitectura, Pintura, etcétera.
ResponderEliminarPero se ve que interesa más, darle bombo a( los ,las) que salen en TV gritando y contando sus vidas privadas, que los logros de personas, que con sus estudios esfuerzos e investigación escritos,etc etc. Nos hacen la vida mejor y más llevadera.
Un saludo Santi, y enhorabuena. Gracias
Muchas Gracias Pepe, por leer y comentar. Tienes toda la razón. Un fuerte abrazo, amigo.
EliminarLo bordas, hijo. Qué razón tienes.
ResponderEliminarMuchas gracias. Preferiría en ocasiones tener menos razón.
EliminarEduardo Gavilán
ResponderEliminarEl teatro de la política y de sus protagonistas.
Una obra mal representada.
Eliminar