Raíces muy especiales
En todas las empresas del Peñón los viernes eran de cobro, y para un hombre soltero sin carga familiar en aquellos tiempos, el fin de semana suponía 3 días maravillosos de visita continua a bares o fiestas flamencas. El cante, cuando el vino corría en la barra, era un factor común en cualquier bar para aquellos que calentaban el pico y se atrevían a salir por peteneras. Y a ese hombre le encantaba escuchar el buen cante.
Los domingos para él era un ritual levantarse muy temprano, pegarse un buen afeitado, echarse su brillantina en el pelo, ponerse su corbata y colocarse el traje de chaqueta que era muy típico en los caballeros de aquella época de los años 40.
Después de recorrer las principales tabernas del centro de la ciudad, solía llegar sobre la una de la tarde a la Calle Jardines, lugar donde se echaba a la boca algunas tapas y empezaba de nuevo el recorrido por diversos establecimientos, hasta llegar al viejo Estadio San Bernardo para ver a “ su Balompédica “, como él la denominaba.
En esa trayectoria hasta el recinto blanquinegro coincidía siempre en uno de esos bares con un par de amigos, con los cuales entraba luego al estadio y veían juntos el partido de la Balona.
Así había ocurrido siempre durante varios años, pero una tarde de domingo, Antonio miró una y otra vez en el interior de todos esos bares que daban vida a la calle Jardines y no encontró rastro alguno de sus amigos. Estaba muy cerca la hora del comienzo del partido y creyó oportuno entrar al vetusto San Bernardo y esperar allí la llegada de los otros dos.
Cuando éstos hicieron acto de presencia y ocuparon sus asientos en la grada, la bronca fue monumental. Apenas pudieron percibir nada de lo que estaba ocurriendo en el terreno de juego.
Llegaron los reproches, las culpas repartidas y un sinfín de palabras que caldearon el ambiente. La discusión llegó hasta tal punto, que al finalizar el partido los dos amigos salieron rumbo de nuevo a la Calle Jardines y Antonio tomó por primera vez el camino opuesto por la calle Galileo en dirección a su domicilio para no coincidir con ellos.
Al pasar por la parte trasera del Colegio Santiago, junto a un terreno convertido en vertedero de basura, se encontró a unas jóvenes mujeres jugando a la comba con una cuerda de las de antes. Frente a ellas, una enorme finca con la puerta abierta que abarcaba las dos esquinas de las calles Galileo y Espronceda.
Dos de las chicas movían en círculo las puntas y una tercera saltaba evitando el contacto con la comba de dicha cuerda.
Al llegar Antonio a la altura de las 3 adolescentes se quedó mirando a una de ellas y ésta le devolvió la sonrisa durante un buen rato, algo que caló hondo en el corazón de este joven aficionado balono.
A partir de aquel día, cada domingo que jugaba la Real Balompédica Linense en casa, Antonio salía siempre por la calle Galileo y allí estaban, a la misma hora, las mismas chicas, que más tarde descubrió que eran hermanas y vivían justo en esa gran casa que ocupaba la esquina de ambas calles.
Con el paso del tiempo pudo entablar conversación con ella y supo que se llamaba María.
La invitó a salir varias veces, con la compañía de una de sus hermanas, hasta que se hicieron novios y después de cinco años de noviazgo se casaron en la vieja Parroquia de Santiago un domingo que llovía a cántaros en abril de 1952.
De ese matrimonio nacieron 8 hermosos hijos, 5 hembras y 3 varones.
Antonio López fue mi padre y María Bautista fue la mujer que me trajo al mundo.
Por eso la Recia Balona es algo tan especial en mi vida.

Me alegraría mucho si pudiera hacer clic en el botón SEGUIR ubicado en la esquina superior derecha. Estoy ansioso por recibir sus trabajos y explorar la posibilidad de publicarlos.
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