La vida en las palabras

 

La vida en las palabras

Escribir para que el tiempo no se lleve todo lo vivido.


Hay etapas de la vida en las que el tiempo adquiere un valor especial. Quizá porque empezamos a tomar conciencia de que el final está más cerca; al menos, esa es la sensación que muchos transmiten en las conversaciones, cada vez más escasas y limitadas.

En esta cuestión, como en tantas otras, no parece existir una solución que sea eficaz con carácter general y cada uno intenta llevarlo lo mejor posible. Sin que falten los anunciadores de productos, métodos y prácticas milagrosas.

Este no es un tema al que dedique demasiado tiempo. Por tanto, sigo con las dedicaciones que en cada periodo puedo desarrollar, con el añadido de sanar las heridas para que solo queden las cicatrices que el caminar va dejando, que no es poco.

En este contexto, quizá el hecho de que no preste demasiada atención al paso del tiempo se deba a que me dedico a ser consciente de mi entorno. Así, transformo muchas imágenes en letras, precisamente en un mundo que se esfuerza en lo contrario y que aprovecha cada momento para convertirlo todo en imagen, con más empeño si se trata de la propia, que se resalta con desparpajo.

Esa transformación de lo visual a lo escrito no es un simple diario. Es algo más cotidiano, algo que conversa conmigo y que me mantiene en el presente; en definitiva, algo que trata de mantenerme. Así conservo vivo un pasado con el máximo realismo posible y, al mismo tiempo, esas anotaciones me sirven de compañía.

No se trata de una cuestión literaria, que seguramente realizaría con poco acierto, sino de dotar a esas imágenes de vida, de sentimientos, de la pequeña circunstancia que las hizo permanecer en mi memoria. Quizá se trate de sentir los pálpitos de algunos momentos de mi entorno.

Un ejemplo de lo que trato de explicar lo encuentro en una escena absolutamente insignificante.

La puerta del ascensor se abrió y entré. Un hombre de unos cuarenta y cinco años había llegado conmigo a la puerta, pero permaneció fuera. Le indiqué que subiera. Entonces comprendí que quizá tenía la costumbre de utilizarlo solo. Subió después y resultó que íbamos a la misma planta.

Fue un gesto insignificante, pero me llamó la atención. Pensé en esos pequeños espacios en los que, sin decir una palabra, establecemos una distancia con los demás.

Otras veces, la imagen no surge de una distancia, sino precisamente del encuentro con los demás.

Le debía una visita a Isidoro Villalobos, quien conserva una memoria prodigiosa a sus más de noventa años. Durante nuestra conversación me mostró unas fotografías de una visita reciente que había hecho a la Base de Rota. Se veía exultante, aparecía entre algunos aparatos de vuelo. Pude apreciar la felicidad en su expresión, en sus manos, en su porte erguido… Quizá le venía bien escuchar que yo también la percibía, y se lo dije.

También hay encuentros que, por su continuidad, forman parte de mi vida cotidiana. Esta semana me han visitado Eduardo Gavilán y Paco Santos, como hacen con regularidad, aunque Paco es quizá más asiduo. Hablamos de temas de actualidad y, especialmente, de cuestiones históricas de La Línea. Posiblemente sean hoy dos de las personas que más datos aportan a mis trabajos sobre la ciudad, no tanto por lo que ya he escrito como por todo lo que añaden y que, en buena parte, queda fuera de los textos publicados. Realmente les interesa la historia de su pueblo.

En esta ocasión también hemos hablado de los sucesos de Ceuta y de las concentraciones organizadas el día 2 en muchos municipios de España en apoyo a esta ciudad. Fue emocionante recordar lo ocurrido y valorar la respuesta de tantas personas.

En Los Barrios, la plaza de la Iglesia estaba llena de gente con banderas de España y de Ceuta. Entre los asistentes apenas conocía a alguien; sin embargo, los saludos fueron frecuentes. Es algo habitual en la villa: te saludan aunque no te conozcan, ya sea mientras caminas por los senderos, en el edificio o en cualquier otro lugar. Me gusta esa costumbre. Hay una cercanía que no necesita presentación ni explicaciones.

La calle ofrece también otras imágenes, algunas tan habituales que apenas reparamos en ellas.

Paseaba por la avenida del Tercer Centenario cuando se encendieron las luces de las farolas. Eran las 20:57. Poco después se encendieron las de la avenida Carlos Cano, aunque a final de mes lo hacían media hora antes. Además de ser una señal inequívoca de que la noche le gana terreno al día, aquella observación me abrió el camino hacia el artículo sobre la luz de la farola.

Entre mis anotaciones ocupan un lugar destacado las observaciones sobre la naturaleza, en cualquiera de sus manifestaciones. Me resultan admirables los cambios estacionales y la manera en que las plantas se adaptan a ellos.

Por ejemplo, el jacarandá deja ver entre el ramaje habitual unas hojas diferentes. Son verdes y muy gruesas. Las he tocado y algunas parecían algo pegajosas, aunque otras no. Tienen forma de corazón y son pequeñas. Después se vuelven marrones, caen y permanecen en el suelo durante muchos meses, hasta que se van arrugando.

De vez en cuando, sin embargo, aparecen incógnitas. El día 9, unas golondrinas acudieron revoloteando entre los balcones. Era un grupo de al menos diez. No esperaba verlas en esas fechas y solo estuvieron aquel día. Me he preguntado por qué aparecieron precisamente entonces. Frente a mi casa están pintando el edificio y los trabajadores retiran los nidos de las terrazas. No sé si ambas cosas guardan relación, pero la coincidencia me ha llamado la atención.

Otra imagen inesperada apareció el día 14, a las 19:40. Mientras respondía a unos correos, vi desde la ventana de mi habitación unas nubes de humo que se elevaban como fantasmas. Me sobresaltó la escena, pero, al asomarme, comprobé que el humo procedía del puesto de castañas instalado debajo de mi edificio.

Me sorprendió encontrarlo en esa fecha, pues siempre he asociado las castañas con noviembre, o con esos días anteriores en los que comienzan las lluvias, refresca y el cielo permanece nublado. Hace años pregunté por su procedencia y me dijeron que venían de Italia. Recuerdo haber visto muchos castaños por Gaucín y otros pueblos de la zona. Me han contado que aquí no hay.

Me gusta sentir el cambio de las estaciones. Recibo estas novedades con satisfacción, casi las saludo en voz alta, porque las interpreto como una renovación: el regreso de imágenes nuevas y, al mismo tiempo, familiares.

En esta parte del mes, el otoño empieza a hacerse más visible. Ha amanecido vestido de invierno. Las sierras que tengo a mi izquierda están cubiertas de nubes que resbalan por las laderas. A las 9:30, el sol aún no ha aparecido.

Sin embargo, la gente continúa vistiendo de verano: pantalones cortos, camisetas y, algunos, prendas de tirantes, probablemente quienes se dirigen a los gimnasios.

Las noches llegan antes y tengo que adelantar mis salidas. Ayer retomé, después del verano, la caminata hasta el lago Prior, pero a la vuelta me sorprendió la oscuridad y apenas veía el camino. A pesar de ello, sobre las 20:30 todavía había muchas personas que se dirigían hacia allí, probablemente al salir del trabajo.

Con la bajada de las temperaturas, vuelvo a ampliar mis recorridos. Hace unos días llegué al puente de Hierro con la intención de recorrer algunos kilómetros del camino de Ojén. El recorrido me pareció bastante árido y soso, hasta que encontré una estupenda fuente, con agua abundante, buena y fresca. Me remojé y aquella parada mejoró la impresión que me estaba llevando del camino.

En cualquier población, por pequeña que sea, hay multitud de sonidos. Algunos resultan difíciles de soportar; otros, en cambio, terminan formando parte de nuestra vida corriente.

Eso me ocurrió el día 16, cuando volví a escuchar a la banda de cornetas y tambores ensayando en la plaza de toros. Me recordó que había pasado un año desde que los oí por primera vez en esta población.

Por esas fechas vi anunciado el segundo concurso de poesía, dedicado en esta ocasión a la mujer. Seguro que saldrá todo estupendamente. El año pasado colaboré en el evento.

28 de septiembre. La madrugada ha dejado algún chaparrón. El día ha amanecido gris y cae una llovizna suave, de esas que apenas forman charcos y que resulta grato recibir después de tantos meses sin lluvia. A media mañana ha dejado de caer. Es la primera lluvia del otoño recién comenzado.

30 de septiembre. La tarde estaba gris y el sol permanecía oculto. Sobre las 19:30 ha aparecido y el cielo ha adquirido un tono anaranjado. He recordado aquellos días en los que el polvo del desierto tiñó el cielo de ese mismo color. Me ha parecido apreciar de nuevo algo de ese polvo en el ambiente.

No anoto todo lo que veo. Hay cosas que me llaman la atención, como la pericia de Alfonso el churrero y de la chica que despacha, o la cantidad de fiestas que se organizan, muchas de ellas sin tradición alguna.

No pretendo hacer un diario. Quizá, al escribir, trate de ralentizar el tiempo o, mejor dicho, mi percepción de su paso. Cuando releo estas notas y las comparo con otras anteriores, comprendo que son algo más que un diario: son la palpitación de una ciudad, su día a día. No una imagen inerte, sino una realidad que vuelve a vivir en las palabras.

No puedo, ni pretendo parar mi paso por la vida, pero sí llenarla de palabras y sentimientos que me acompañen.


Comentarios

  1. Leo una parte de la vida de una población, varios meses debe ser impresionante. No quiero pensar si lo has hecho durante años. Es muy interesante.

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  2. Tal y como tú mismo dices al dotar de palabras las imágenes les das vida y, eso, es maravilloso. Gracias.

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    1. Sí, es un mundo diferente, más completo, y a mí me satisface mucho más. Cuando algo nos llama la atención o nos gusta, sacamos el móvil y hacemos una fotografía. A pocos se les ocurriría grabar un audio. Sin embargo, una imagen puede provocarnos un instante de satisfacción o de tristeza, mientras que una voz, unas palabras pronunciadas en un determinado momento, pueden llegar mucho más profundo. Quizá porque no solo nos muestran algo, sino que nos transmiten también una parte de quien lo vivió.

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    2. exacto transmiten mucho de la persona que escribe.

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  3. María Luisa Villalobos Delgado19 de octubre de 2026 a las 13:35

    Cuando la palabra viene precedida de una observación directa, de la experiencia propia tienen un valor añadido . Son los pequeños detalles que a veces pasan desapercibidos los que confieren originalidad y personalidad.

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