El luto, una forma de recordar

 

El luto, una forma de recordar


Todos los días recordamos a las personas que nos dejaron. Su partida marcó una herida profunda; otras dejaron una huella difícil de olvidar. Incluso quienes estuvieron más alejados de nuestras vidas acuden esporádicamente a nuestra memoria.

Desde mi infancia, estos días se hacían visibles, pues raro era el hogar donde, sobre un platillo de cristal o de porcelana, a veces desconchada, incluso los más modestos en un recipiente de lata con aceite, permanecían encendidas, durante el día y la noche, aquellas pequeñas llamas llamadas mariposas. Eran unos circulitos redondos de cartoncillo con una pequeña mecha blanca.

Cada año, su presencia anunciaba el comienzo de aquel periodo.

Recuerdo que pregunté por el motivo y que la respuesta debió de ser convincente, pues nunca me atreví a cometer ninguna travesura sobre aquel pequeño altar dedicado a los difuntos.

Muchas de las manifestaciones exteriores de recuerdo, de pesar y, en definitiva, de dolor, han desaparecido o se han transformado con el paso del tiempo. Una de ellas es el luto en la vestimenta, que durante generaciones permitió reconocer a quienes habían perdido a un ser querido.

Hoy asociamos el luto con el negro casi de manera automática. Sin embargo, basta con retroceder en el tiempo para descubrir que el dolor por la muerte no siempre se expresó mediante el mismo color ni de la misma manera.

En la Antigüedad, las distintas civilizaciones tuvieron sus propias costumbres funerarias. El tratado de fray Miguel de Azero y Aldovera, Tratado de los funerales y de las sepulturas, publicado en 1736, recoge algunas de ellas y nos permite conocer cómo se interpretaban en el siglo XVIII aquellos usos antiguos.

Su autor señala que los romanos y los griegos vestían de blanco en los entierros y que, posteriormente, ambas naciones adoptaron el negro. Atribuye esta práctica a la influencia de los egipcios. No obstante, estas afirmaciones deben entenderse como la interpretación que ofrece una obra de aquella época, pues las costumbres antiguas fueron más diversas de lo que pudiera parecer.

El mismo tratado recoge otras manifestaciones del duelo. Entre los romanos, por ejemplo, el luto de las viudas estaba sujeto a determinadas convenciones. El autor menciona un periodo de diez meses tras la muerte del marido y la posterior ampliación a un año, vinculada a las disposiciones imperiales sobre las segundas nupcias.

También se detiene en las costumbres judías y en los diferentes periodos de duelo que aparecen en las Escrituras. Recuerda los setenta días de duelo en Egipto por la muerte de Jacob, seguidos de otros siete en Canaán, así como los treinta días de luto por Moisés y Aarón. Son ejemplos que muestran que la duración del duelo no fue siempre la misma y que dependía de las tradiciones y las circunstancias.

En España, el luto llegó a estar regulado mediante disposiciones reales que establecían tanto los tejidos y colores permitidos como su duración. Azero y Aldovera recoge una pragmática de Felipe V, fechada en San Ildefonso el 5 de noviembre de 1723, que regulaba los vestidos de luto y limitaba su duración a seis meses en los casos contemplados por la disposición.

El negro terminó convirtiéndose en una de las señales más reconocibles del duelo en nuestra sociedad. Pero el luto no se limitaba a la ropa. En los casos de mayor proximidad familiar —la pérdida de los padres, los hermanos o el cónyuge— podía observarse un luto riguroso, aunque las costumbres variaban de una familia a otra. El velo negro era una de sus manifestaciones más visibles.

Con el paso del tiempo, el luto iba aliviándose por etapas. Primero se dejaba el velo; después, algunas prendas negras daban paso a otras menos rigurosas, hasta quedar únicamente algún signo de aquella pérdida, que podía mantenerse durante años.

Tampoco la vida social permanecía al margen. Quienes estaban de luto dejaban de asistir a fiestas, celebraciones y otros actos que antes formaban parte de su vida cotidiana. La ausencia del ser querido se hacía visible no solo en la vestimenta, sino también en la forma de relacionarse con los demás.

Pero había pérdidas ante las que todas aquellas convenciones parecían insuficientes. La muerte de un hijo era, y sigue siendo, una experiencia devastadora. Recuerdo cómo podía conmover a toda una comunidad. El dolor de la familia era compartido por quienes la rodeaban, y el drama permanecía durante meses e incluso años.

Hay ausencias con las que aprendemos a vivir, aunque nunca dejen de acompañarnos. El tiempo nos enseña a convivir con ellas, pero no necesariamente las hace desaparecer. Cada persona encuentra su manera de seguir adelante, de guardar sus recuerdos y de mantener, en la intimidad, el vínculo con quienes ya no están.

Hoy muchas de aquellas costumbres han quedado atrás. Ya no es necesario vestir de negro durante meses para que los demás comprendan que hemos perdido a alguien. Tampoco todos abandonan la vida social durante el duelo. Cada persona encuentra su manera de afrontar la ausencia, y algunas, como en nuestro caso, seguimos manteniendo esa distancia incluso después de más de cuatro años.

Al llegar estos días, vuelven a nuestra memoria quienes nos precedieron. Las pequeñas mariposas que conocí en mi infancia ya no ocupan aquel lugar en los hogares, y el velo negro ha dejado de ser una imagen habitual. Han cambiado las formas de expresar el duelo, las convenciones sociales y la manera de vivir la pérdida.

Sin embargo, hay algo que permanece. No todos recordamos de la misma manera, ni todas las ausencias pesan igual, pero hay personas que siguen formando parte de nuestra vida aunque ya no estén presentes.

Quizá por eso, al margen de las costumbres que desaparecen y de las que se transforman, estos días siguen invitándonos a detenernos un instante y recordar.

Porque el luto puede terminar, el negro puede dejar de vestirse y las antiguas costumbres pueden olvidarse. Pero hay ausencias que no conocen el paso del tiempo.


Comentarios

  1. Después de leer tu artículo sobre el luto me vienen a la memoría todas esas costumbres que viví de niño...recuerdo a las señoras de más o menos edad todas vestidas de negro...los hombres con una franja negra en la manga de la chaqueta...lo de las mariposas las veía en casa de mi abuela...me atraía por que al entrar algo de aire además de pestañear se movían en el aceite...el tiempo del luto duraba un año y cuando se les decía que se lo quitara antes se revelaban haciendo mención al cariño de ausente.
    En cuanto al tiempo pasado del fallecimiento nunca se olvida a la persona querida y no solo al familiar y también a la amiga como en el caso que tú mencionas y que siempre estará en nuestros corazones.
    Un fuerte abrazo para tí y para Anita.

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  2. Creo que a estas alturas de nuestra vida , todos sabemos perfectamente cómo se vivía y cómo se vive hoy día el duelo, siempre he pensado que el luto no está en la ropa , está en el corazón , y ante determinadas pérdidas el vacío que se siente jamás vuelve a llenarse. La vida sigue y nosotros con ella , pero nunca volvemos a ser los mismos . Un abrazo

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