Aprender a mirar el paisaje II
Aprender a mirar el paisaje II
Mientras coloco los distintos elementos en el plano, me viene a la memoria, no sé por qué, aquel tebeo que más cariño le tenía en mi minúscula colección, que veía repetidas veces, sentado en algún lugar de mi casa redonda.
Era un extraordinario dibujo de portada que mostraba a un par de niños indios, tumbados y asomados a un acantilado, observando una manada de caballos salvajes sobre un prado verde, muy verde, con un río de aguas cristalinas y azuladas.
En primer plano había un caballo blanco de pintas negras, con el pelo largo en la crin del cuello, que, distraído, comía hierba. Otro, de un blanco muy blanco, miraba y parecía ser el centinela.
Aquellas pocas hojas que formaban parte de mi mundo desaparecieron un día y nunca más volví a verlas.
En cierto modo, aquella imagen sigue presente y, como entonces, la comparto con dos o tres personas.
Quizá por eso, mientras preparo este segundo plano, vuelvo a pensar que aprender a mirar un paisaje no consiste solamente en saber dónde está un monte o por dónde pasa un río. También consiste en saber qué hay en ellos.
Sierra del Niño y arte rupestre
En la Sierra del Niño se encuentra el conjunto rupestre de Bacinete, formado por numerosos abrigos con pinturas prehistóricas. Las conocidas Cuevas de Bacinete constituyen uno de los conjuntos de arte rupestre más importantes de la provincia de Cádiz.
Pero Bacinete no es el único testimonio de la presencia humana antigua en el término de Los Barrios. Otros hallazgos arqueológicos se encuentran mucho más cerca del núcleo urbano. Entre ellos están los yacimientos de El Chaparral y de la zona del Lazareto y el Parque del Oeste, además de otros puntos situados en las terrazas del río Palmones.
Estos trabajos de prospección, en los que tuvo un papel destacado Domingo Mariscal, permiten comprender que la presencia humana en este territorio viene de mucho más atrás de lo que normalmente podemos imaginar al contemplar el paisaje actual.
Las areniscas y la Montera del Torero
Una de las rocas que caracteriza buena parte de estas sierras es la arenisca del Aljibe. Su presencia ayuda a explicar muchas de las formas del relieve, los abrigos y otros accidentes que encontramos en el paisaje.
La Montera del Torero es quizá uno de los ejemplos más conocidos. Se trata de una singular formación de arenisca que, vista desde determinadas posiciones, recuerda la cabeza y la montera de un torero. Se encuentra junto a la antigua carretera de Los Barrios a Jerez y se ha convertido en una de las imágenes más reconocibles del municipio.
El Puente de Hierro
También el paisaje que vemos hoy es consecuencia de las obras realizadas por generaciones anteriores.
El Puente de Hierro, situado en la antigua carretera de Los Barrios, nació de la necesidad de mejorar las comunicaciones entre la campiña gaditana y el Campo de Gibraltar. La estructura metálica fue fabricada en Glasgow y sus materiales llegaron a Los Barrios en 1872. A finales de aquel año el puente estaba ya montado y la recepción definitiva de la obra se aprobó en 1874.
Es uno de esos elementos que permiten descubrir que un paisaje no está formado solamente por montes y ríos: también por los caminos y las obras que los hombres fueron construyendo para atravesarlo.
Los árboles y el paisaje
Si hay un árbol que ayuda a reconocer este territorio es el alcornoque. Los alcornocales ocupan una parte fundamental del paisaje de Los Barrios y han estado ligados durante generaciones al aprovechamiento del corcho.
Pero no están solos.
Dependiendo del terreno, de la humedad y de la proximidad de los cursos de agua, aparecen otros árboles que también forman parte de este paisaje. En las zonas de bosque podemos encontrar quejigos, mientras que en lugares más abiertos aparecen acebuches y olivos. En las proximidades de los ríos y arroyos cambian las condiciones y podemos encontrar árboles de ribera, como álamos, chopos, fresnos y alisos.
No todos forman bosques extensos ni aparecen en las mismas condiciones. Precisamente por eso ayudan a leer el territorio: un árbol puede decirnos algo del suelo que tenemos bajo los pies, de la humedad que recibe el lugar o de la manera en que ese espacio ha sido utilizado.
Y cuando el bosque se abre aparecen las dehesas, los pastos y los bujeos, donde el arbolado se mezcla con el ganado y con una vegetación diferente.
Las alturas, los ríos y los embalses
Las montañas permiten además orientarse.
Entre las mayores cotas del término se encuentran Monte Luna, en la Dehesa de Ojén, con 785,82 metros, y Cruz de Romero, en la Sierra del Niño, con 780,2 metros. Junto a ellas aparecen otras alturas como el Cerro del Puerto y el Cerro del Águila.
El agua es otro de los grandes elementos que ordenan el territorio. El río Palmones o río de las Cañas atraviesa el término y recoge las aguas de numerosos arroyos procedentes de las sierras. El Guadarranque, aunque nace fuera del municipio, forma también parte de este sistema hidrográfico.
Y en el paisaje aparecen dos referencias que podemos localizar fácilmente en el plano: el embalse de Charco Redondo y el pequeño embalse de Monte de la Torre, utilizado como depósito de la red.
Una vegetación singular
Los árboles más conocidos no son, sin embargo, toda la historia vegetal de estas sierras.
La combinación de las areniscas, el relieve, los cursos de agua y la humedad procedente del Estrecho permite que sobrevivan plantas poco habituales en otros lugares. Entre ellas destacan varios helechos relictos, como Davallia canariensis, Culcita macrocarpa y Diplazium caudatum.
También resulta especialmente singular la presencia en Los Barrios del Psilotum nudum, relacionado con los estudios de la botánica Betty Molesworth Allen.
Son especies que pueden pasar desapercibidas para quien simplemente atraviesa el paisaje, pero que ayudan a entender por qué estas sierras tienen unas condiciones naturales tan particulares.
Y dentro de este paisaje, los animales
Todo lo anterior forma un territorio en el que también hay una vida animal muy variada.
En los alcornocales y las sierras podemos encontrar ciervos y corzos, además de jabalíes y, en determinadas zonas, gamos y muflones. El corzo tiene aquí una particularidad especial: Los Alcornocales alberga una de las poblaciones más meridionales de la Península Ibérica.
Entre los animales que viven en el bosque aparecen también zorros, tejones, ginetas y meloncillos. Algunos son fáciles de reconocer; otros pasan gran parte de su vida sin dejarse ver.
Sobre ellos, o simplemente sobre nuestras cabezas, aparece otro de los grandes habitantes de estas sierras: las aves rapaces. El buitre leonado, el águila culebrera, el águila perdicera, el milano negro, el halcón peregrino o el búho real forman parte de una avifauna especialmente rica.
La proximidad del Estrecho convierte además a estas tierras en un lugar de paso para numerosas aves migratorias.
En las zonas abiertas, donde el bosque se convierte en dehesa, aparecen otros protagonistas: la vaca retinta, los ciervos, conejos y liebres y numerosas aves que encuentran allí alimento.
Y allí donde hay agua cambia nuevamente la vida. Los ríos y arroyos ofrecen refugio a especies como la nutria y a numerosas aves vinculadas a los cursos fluviales.
Así, poco a poco, el plano deja de ser solamente un dibujo de montes, ríos y caminos.
Empieza a convertirse en una manera de mirar.
Primero aprendemos dónde están las cosas; después descubrimos qué son, cómo se formaron y qué ha vivido —y todavía vive— en ellas.
Y quizá mirar un paisaje sea también eso: reconocer algo que antes estaba delante de nosotros y que, sin embargo, todavía no habíamos aprendido a ver.
Relacionado: https://asilocuentocultural.blogspot.com/2026/10/aprender-mirar-el-paisaje.html

Comentarios
Publicar un comentario