La Montera del Torero
La Montera del Torero
Mi vehículo avanza por la carretera vieja de Los Barrios a Jerez y siento una felicidad apagada. Lo hago muy despacio, prestando atención a la vía, pero también a los paisajes que aparecen a ambos lados, ahora ya sin la nitidez de otros tiempos.
Cada metro hacia adelante es una sucesión de bellas fotografías distintas, donde el paisaje me inspira más preguntas de las que puedo responder, como ocurre con los dibujos prehistóricos de las cuevas.
El cristal bajado permite penetrar el aire suave, limpio e incoloro que transporta olor a monte, y hace que sienta como si unos delicados dedos tocaran mi cara.
Ya estoy cerca de mi destino: La Montera del Torero.
Esa extraña imagen rocosa que tantas veces había divisado a mi paso y ante la que nunca me había detenido. Recuerdo que, viniendo de Jerez por la carretera vieja, al iniciar la bajada aparecía de pronto, a pocos metros, casi como si la carretera hubiera sido trazada para conducir la mirada hasta ella.
La veo a mi derecha, he llegado hasta aquello que venía buscando.
Estoy solo, me acompaña mi bolso, que en algún momento fue objeto publicitario. En su interior llevo algunos útiles, mi antigua cámara de fotos, algo de agua y la libretita de notas con la impresión de “Ceuta es España”.
Una cerca de alambre me impide el paso, pero veo un hueco por el que penetro. Progreso unos metros y estoy frente a la Montera. Unas ramas me protegen de algunos rayos de sol que escapan entre las nubes grises. Permanezco inmóvil, mirando. Solo el movimiento de la luz y de las sombras sobre la piedra me indica que el tiempo transcurre.
Después de varios minutos de observación, siento deseos de estar más próximo y de tocar aquella obra de arte labrada por un arquitecto natural.
Hallo el medio de llegar a su base. Pero no era suficiente y apareció el niño que fui frente a los retos. Entonces subí.
Ahora podía verla de verdad. No como la fotografía lejana que había contemplado tantas veces desde la carretera, sino a pocos metros, con sus grietas, sus huecos y sus superficies desgastadas. Entonces pensé en tantas páginas llenas de citas que intentan explicar aquello que quizá nunca han observado de cerca y, peor aún, que quizá tampoco han comprobado.
Pero ¿cómo y por qué de aquellas formas?
La arenisca no es una piedra especialmente resistente. Está formada por granos de arena unidos entre sí, y la fuerza de esa unión no es la misma en todas las areniscas. Por eso, cuando el tiempo comienza a trabajar sobre ella, la piedra puede ir perdiendo sus granos y dejando al descubierto las formas que hoy vemos.
El viento hace de cincel y la velocidad con la que llega, acompañada de las partículas que transporta, aumenta su capacidad de desgaste. La lluvia hace otro trabajo: encuentra las grietas y las pequeñas debilidades que ya existen en la roca, penetra por ellas y, poco a poco, las amplía. El sol, los cambios de temperatura, la humedad, la salinidad y otros agentes también participan en ese trabajo lento.
No hay un escultor. Hay muchos, y ninguno tiene prisa.
El agua encuentra primero las grietas que ya existen. El viento insiste sobre las superficies más expuestas y las partículas que transporta van golpeando la arenisca. La sal también hace su trabajo, especialmente en una piedra tan próxima al mar. Allí donde la roca ofrece una pequeña debilidad, el desgaste puede ser mayor; una pequeña oquedad puede crecer, encontrarse con otra y terminar formando un hueco mucho mayor.
Ahora, mientras observo sin prisa la Montera, entiendo por qué esa piedra que desde la carretera parecía una forma compacta está llena de huecos, superficies comidas, grietas y diferencias de desgaste.
Observo el gran túnel que la atraviesa de levante a poniente. Hacia levante se abre la parte preferente del túnel, de donde llegan los vientos dominantes cargados de humedad y sales procedentes de la costa. Pero el poniente tampoco ha permanecido al margen: en el lado contrario también se abrió otra oquedad. Con el tiempo, ambas fueron creciendo hasta encontrarse.
En las paredes aparecen también pequeñas cavidades que dan a la arenisca ese aspecto de panal. Ahora que conozco sus nombres, puedo llamarlas alvéolos, y cuando las oquedades adquieren mayor profundidad forman los llamados tafoni. También observé alguna gnamma o vasque, pequeñas depresiones y oquedades excavadas sobre superficies horizontales que forman como pequeñas pozas. En aquel momento, mientras las veía, no eran nombres: eran pequeñas heridas abiertas en la piedra.
Con extraordinaria precaución fui descendiendo, en algunos momentos a rastras, y sentí satisfacción al tocar nuevamente el suelo. Era el triunfo del cerebro frente al físico.
Visité otras rocas y me asombraba la geometría de su imagen, su color, su desgaste, la orientación y la erosión de los vientos. Frente a la Montera hay otra, más pequeña, que desde un punto ofrece ciertas similitudes. Quién sabe si un día llegue a tener una imagen parecida.
También comparé mentalmente aquellas formas con las que tantas veces he observado en Sierra Carbonera. La misma arenisca, o al menos una muy semejante, pero no exactamente el mismo paisaje sobre la piedra. Allí el desgaste dibuja otras formas, con otra textura y otra respuesta frente al viento y al agua.
Un trago de agua a mi sedienta garganta me recuperó del esfuerzo, mientras con la mirada recorría el espacio que durante un tiempo me había acogido y cuidado. Así me sentí en aquel lugar solitario, entre piedras, alcornoques y otras especies, pero en todo momento estuve acompañado y sobrado.
Mi pantalón corto dejó testimonio de aquellos momentos en mis piernas, que mostraron tantos rasguños como años tengo, solo de la rodilla para abajo. Pero, como decían nuestros antepasados: “Sarna con gusto no pica”.
| Túnel que atraviesa de levante a poniente la Montera |
| En una roca cercana se aprecia un tafoni. |
| Observamos los denominados álveolos en la parte superior del túnel, abierto de levante a poniente. |
| Una roca cercana presenta una curiosa forma geométrica |
| También pude fotografiar un gnamma o vasque, una pequeña cavidad excavada en la roca. |
Precioso. Qué difícil es escribir distinto sobre lo mismo.
ResponderEliminarNo se puede describir mejor una visita a la Montera con toda clase de detalles y tampoco tu atrevimiento Santiago...puede más tu curiosidad que tú edad pero lo bueno de todo esto es que disfruta y nos hace disfrutar a los demás con tu forma fácil de escribir que hace ameno todo lo que publicas.
ResponderEliminarUn abrazo.
Me alegra que te guste. El mundo natural que nos rodea es amplio y muy bonito, pero la mirada y la mente cada vez se nos hacen más estrechas. Por eso dejo que ellos hablen: tienen más años y más experiencia que yo.
EliminarLeo todo lo que escribe, unos artículos me gustan más que otros, pero casi todos les encuentro un alto nivel divulgativo, y este es uno de esos.
ResponderEliminarGracias. Si por añadidura se consigue, mucho mejor.
EliminarLa roca de " curiosa forma geométrica " se me asemeja a una gran piña piñonera . Al pasar por la Montera dirigir la mirada hacia la piedra es casi de obligado cumplimiento . Has ido más allá y te ha faltado poco para calártela , aun no yendo vestido de luces . Me aportas una nueva visión con tu texto y tus imágenes . Nos propones un acercamiento a la zona , pausado , con la mirada atenta para ir reflexionando sobre el trabajo de los elementos naturales , siempre atareados , dándole formas a la arenisca , formas que nos pueden parecer caprichosas pero que , pienso yo , obedecen siempre a un propósito vital , ecológico , de equilibrio del paisaje . En resumidas cuentas , nos has brindado una gran faena . Y , alineándome con nuestro común amigo, Eduardo Gavilán : controla tus atrevimientos ( hasta donde te sea posible ). Un abrazo
ResponderEliminarAmigo Paco, siempre estaré disponible para mostrarte aquello de lo que hablo.
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