Los sentidos
Los sentidos
De los sentidos que poseemos, dos son los que más he utilizado: la vista y el oído. De ambos me he servido en abundancia y he disfrutado desde muy niño, no porque dedicara más tiempo a ellos, sino porque me interesaba mirar y escuchar partes que para otros quedaban a oscuras.
Y lo que comenzó siendo una novedad inconfesable continuó hasta convertirse en costumbre y llegar hasta el día de hoy.
En aquella época observaba todo, hasta las piedras. Recuerdo mis ojos pequeños, brillantes, mientras entre mis manos desmenuzaba alguna intentando extraer aquellos granos que para mí eran oro. Creía haber encontrado algo valioso y, durante un tiempo, soñé con que aquello podía cambiar nuestra suerte. Estuve a punto de contarlo, hasta que alguien me dijo que no tenía valor. Era pirita. En aquella barriada del Príncipe había mucho de aquello.
Los ríos y arroyos me inspiraban a soñar y, con las manos metidas en el agua, me gustaba sentir la fuerza de la corriente. Observaba con entusiasmo la flora y la fauna, no como quien mira algo ajeno, sino como quien forma parte de un todo.
Esa era parte de mi felicidad, en un ambiente extremadamente necesitado. Era la escuela de la naturaleza y de la existencia, unida a aquellas conversaciones de los mayores, a los sentimientos de los abuelos cuando te dictaban lo que escribir en la carta a sus hijos que se marcharon, o cuando les leías algún trozo de una novela, porque ellos nunca aprendieron a leer historias y leyendas.
Escuchar, siempre escuchar a otros, era una fuente inagotable de proyectos cumplidos o frustraciones. Se convertía en mucho más que estar cerca del otro; era dar valor a aquellas palabras y a las personas. Vivías la emoción con el relato y te mantenías en silencio. Solo al final intervenías para aclarar alguna duda.
No recuerdo aquellos momentos con esfuerzo, sino con satisfacción.
Pasados los años, aquella semilla continuaba germinando y se adaptó a otros momentos y necesidades distintas. Sin embargo, frente a ti siempre había alguien que deseaba hablar, compartir lo que sentía en lo más profundo de su ser: su soledad, el sentirse objeto arrinconado, la pobreza…
Era triste, muy triste, recibir esa pesada carga, estar en contacto directo con un mundo escondido tras una puerta. En cambio, durante aquellas horas y días me sentía plenamente reconfortado. No sabría decir de qué modo, pero lo era. Quizá porque solo escuchaba, dejaba que mi interlocutor fuera el protagonista. El único actor, la palabra dominante en la conversación.
Entonces no conocía las recomendaciones que Pitágoras hacía a sus discípulos para que aprendieran a escuchar antes de hablar, pero lo cierto es que casi nunca necesité interrumpir. No guardaba esa respuesta o idea en la recámara de mi garganta para ser disparada a conveniencia, interrumpiendo a esas personas para que prevaleciera mi voz.
Esto no quiere decir que esa prudencia existiera de forma continuada, porque también he tenido momentos en los que me ha gustado hablar, contar… Sin embargo, el paso de los años y, especialmente, estos últimos, han ido restringiendo esa necesidad, y la comunicación se ha convertido en una señal muy especial.
Ya apenas siento necesidad de hablar, de conocer, porque pienso que, en la mayoría de las ocasiones, hablo con espejos que repiten sin espíritu crítico ni razón lo que dicen los medios, representan a siglas o se vanaglorian y desean esconder su ignorancia.
Después de tantos años escuchando a los demás, hay momentos en los que ya no reconozco sentimientos humanos en las palabras de quienes hablan.
Suele pasar mi amigo...el problema está en que cuando uno opina sale perdiendo por decir los que otros callan aún queriéndolo decir.
ResponderEliminarAunque se que conoces mi opinión me presento... Eduardo
ResponderEliminarCada día que pasa crece mi admiración hacia tí, no dejes de ver y oír ,eso te ha llevado a descubrir mil cosas y, sobre todo, a valorar las verdaderamente importantes.
ResponderEliminarMuchas gracias, May, la admiración es mutua. Me alegra observar tu actividad con respecto al tema en común de Ceuta.
EliminarHola Santi. Un gran y emotivo artículo.
ResponderEliminarSe nota que tienes en estos momentos la sensibilidad a flor de piel ( gran novela).
Lo que describes de cuando eras niño, escuchábamos a los mayores cuando hablaban sin interrumpirles, y le oíamos con mucha atención y respeto, igual al maestro que al analfabeto , cuando contaban una historia.
Esa piedra, la encontrábamos mucho en la cantera, al romperse la piedra salían alejas parecidas a las tabletas de chocolate y de diversos colores ( y tú no eras tonto). Esa piedra la usábamos para pintar en el suelo. Y no pierdas las ganas de hablar. A unos hay que oírlos, a otros, solamente escucharlos.
La Cruz Blanca en el Príncipe, no la conocí. Me marché a la península un 17 de marzo del 72 .
Un abrazo Santi, y mucho ánimo!!!
Hola Pepe, exacto. ¡Qué buena memoria conservamos! Es un privilegio disponer de estos recursos y, quién nos iba a decir que, tantas decenas de años después, aquellas cosas que hacíamos nos harían felices. Pero mucho más lo es conservar un amigo de aquella época. Con respecto a la Cruz Blanca, la casa del Príncipe se fundo algún tiempo antes, pero al principio se conocía poco, estaba situada en el camino del Fuerte Príncipe, un poco después de la casa de Luis Rodríguez.
ResponderEliminarAy Dios mio que tío más guapo puedo tener y más inteligente ,lo tienes todo hijo
ResponderEliminarGracias sobrina, estoy detrás de ti a gran distancia. Ten mucho cuidado. Ayer vi el video de una musulmana de las de mi apoca, y se ha producido un gran paso. Un abrazo fuerte.
EliminarNo dejes de ver y oír nunca y privarnos de tus conocimientos porque es verdad que se está perdiendo el compartir con los demás charlas y opiniones. Un saludo
ResponderEliminarMuchas gracias, Mariola. Siempre es grato que unos reglones puedan hacernos meditar, porque la mayoría de las personas son más valiosas de lo que pretenden y quieren hacernos creer. Te deseo un feliz fin de semana.
EliminarUnos recuerdos que transportan a un tiempo con necesidades pero más felices.La última reflexión de tu escrito da que pensar, y deduzco de los escritos que, tu experiencia en La Línea en los últimos años es pésima.
ResponderEliminarMe alegro que te generen recuerdos felices. Respecto a lo segundo, estás muy cerca, estoy profundamente decepcionado con personas que creía dignas de mi amistad y reconocimiento. Gracias por seguir leyendo lo que escribo.
EliminarSabias palabras, Santiago. Da la sensación de que cada vez se ve y se oye menos y fruto de ese intercambio de ideas poder aprender, únicamente se siguen las consignas dictadas por unos pocos a través de sus medios y formas de conseguirlo. Disentir, discrepar ya no sirve, aunque uses tus argumentos desde el respeto, serás irremediablemente reducido a un lado u a otro de un supuesto espectro político que no aceptan que ya no existe ideológicamente sino por espurios intereses de los poderosos. Un saludo!
ResponderEliminarExacto, querido Antonio, y precisamente vivimos en una zona donde se ha instalado y normalizado la mediocridad. Ser honesto, eficiente o decir la verdad parecen cosas de otro tiempo. Llevas razón respecto a esa parte política. Los dirigentes, en lugar de tratar de elevar a la sociedad, se limitan a ofrecer aquello que los ciudadanos demandan: una constante y continuada diversión, con la mirada puesta únicamente en ganar votos.
EliminarEn la parte cultural, mejor ni comentar. Es un placer leer tus acertados comentarios.
Siempre fue muy importante oír y aprender de los mayores...hoy no se paran a escuchar...la juventud cree saberlo todo.
ResponderEliminarMuy interesante artículo Santiago.
estamos de acuerdo. Graciass por leer y por el comentario,
Eliminar