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Cuando el pueblo aprendió a escuchar sus aguas

 

Cuando el pueblo aprendió a escuchar sus aguas



El pasado siempre deja marcas. Antes de extinguirse, alza una vez más su voz en la memoria.

La observación paciente durante las lluvias ofrece posibilidades de conocer detalles de la orografía pasada de un pueblo. Tal vez no se llegue a determinar con total certeza de qué tipo de accidente se trata cuando las formas del terreno presentan similitudes, pues ni siquiera los mapas y documentos antiguos coinciden siempre al nombrarlos.

Mirando el calendario hacia abajo, vemos que los arroyos corrían por la población como venas silenciosas, guiando la vida sin que muchos repararan en su curso. Caminando entre calles y plazas, se notaba cómo el terreno había sido domado poco a poco, como si la naturaleza hubiera cedido con paciencia ante la mano humana.

Algunas trazas de su antiguo recorrido aún se adivinaban bajo la piedra, la losa y el asfalto; otras, canalizadas con cuidado, habían desaparecido casi sin ruido. Era fácil imaginar el trabajo, el esfuerzo y la planificación necesarios para encauzar las aguas sin que nadie lo notara demasiado, y sentir respeto por quienes, generación tras generación, habían aprendido a convivir con ellas.

Aunque nadie lo proclamara, los riachuelos, arroyos y barrancos subterráneos de la villa de Los Barrios guardaban memoria de cada intervención: cada arroyo que cambió de curso, cada corriente que fue suavemente guiada, cada decisión silenciosa que hizo posible que la vida siguiera su cauce. Así, el tiempo y la prudencia se unían en un aprendizaje silencioso que dejaba ver, sin que hiciera falta decirlo, cómo se construía la historia cotidiana de un lugar.

También guardaban parte de esos recuerdos quienes, siendo niños, saltaban de lado a lado de los arroyos apoyando una caña, como si en su imaginación se tratara de ríos navegables. Cuando no, una parada en el juego para beber de esa agua, que parecía cristalina y fresca, mientras se observaban las piedras, algunas de color en su interior y la vegetación a su alrededor, que revoloteaban mariposas y cigarrones.

Aquel movimiento de agua, aquellos surcos en la tierra eran vida. Hace siglos, cuando las familias se asentaron en el lugar —generalmente en las partes altas— y comenzaron a acondicionar con diversos fines lo que las rodeaba, los vecinos fueron siempre testigos de aquellos trabajos. Fue motivo de satisfacción que, en 1869, comenzaran a ocultar el arroyo frente al edificio de la Caridad, enterrándolo bajo el alcantarillado; pero ni el ladrillo ni el tiempo lograron borrar del todo la memoria del cauce.

Unas escenas cargadas de humanismo que cualquier pintor añoraría para dejar por tiempo infinito en un lienzo de un pasado. Aún más lejano: mujeres lavando en el río o repasando algún plato; qué manos cruzaron cargadas de leña, tal vez por un pequeño puente de madera o por unas piedras colocadas que al pisarlas se movían, sobre todo en tiempo de lluvias.

Tal vez el pueblo no lo sepa, pero sigue escuchando sus aguas, incluso cuando cree haberlas silenciado.


Comentarios

  1. Es una maravilla como lo cuentas

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  2. Preciosa narración con aportación histórica incluida. Haces que vea hasta los zapatos mojados. Enhorabuena.

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